Mostrando entradas con la etiqueta vacaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vacaciones. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de abril de 2010

Ciudades modelo

Un poco de viajes esta vez, con mi lista de las mejores ciudades que he tenido el placer de visitar (podría ser de las peores, pero para qué vamos a entrar en eso), con un Bonus Track sobre las que tengo pendientes. Quedan invitados a compartir o las unas (favoritas) o las otras (espinas clavadas), incluso de las vetadas por malas, si quieren. Viajar, siempre, será una experiencia de vida que atesoraremos, sean cuales fueran los recuerdos que nos traen cada uno de esos viajes. Aquí vamos.

1. Roma, 2002.
Hubo un tiempo en el que todos los caminos conducían a ella. Ahora, es un poco más díficil, dadas las distancias y grandes cifras en euros que hay que invertir. Pero si pisas Europa es un punto de parada obligado. Antes de ir por el Viejo Continente pensé que quedaría maravillado por París (que me pasó, claro), pero más que la capital francesa me llamó la atención Roma, esa ciudad llena fontanas y ruinas de otros tiempos, que me hicieron sentir un poco como en un Cusco europeo, si vale la comparación. Calles pequeñas e íntimas, junto con grandes piazzas, vías y monumentos. Recuerdos máximos: la lluvia junto a la Plaza Navona, los árboles pelados junto al Tíber, el Palacio de Sant Angelo y el Tíber otra vez, y la comida del Trastevere, claro. Los buses que ni las monjas pagan, el Vaticano y sus oros que yo usaría para los más pobres, la tumba de Juan XXIII y Juan Pablo I, el Coliseo, el Coliseo por sobre todo. A pesar de que bajas al metro y ves un enjambre infernal de movimiento, crisol de culturas con aerosol en las paredes y puertas, por encima, a la luz del sol, Roma respira historia, gladiadores, Césares, mitología, Rómulo y Remo, arte, capilla sixtina, La creación de Adán, El Juicio Final. Irrepetible.

2. Madrid, 2002 y 2003
Desde que pisé el aeropuerto de Barajas sentí algo especial. No sabía qué era, pero luego, cuando fui recorriendo las calles, conociendo un poco a la gente o el tránsito, aunque salvando las grandísimas distancias, me sentí como en Lima. Una ciudad capital, grande, con movimiento, pero no demasiado espídica tampoco, con autos que no te respetan, y gente amable a los que les faltaba poco por decir aquisito nomás. Sí, si seguimos esta comparación, Lima vendría a ser una especie de Madrid fea o al revés, Madrid una Lima embellecida. Quizá suene forzado, con taxistas gritones y malhumorados, y un cielo azul que para nada es blanco percudido como panza de ballena de Melville. Digo lo que sentí, nada más. Quizá porque fue la primera ciudad extranjera que pisé y quise buscar familiaridad. No lo sé. Suménle a ello cosas que nuestra capital no tiene, como el Parque del Retiro, el Jardín Botánico, el Reina Sofía, el Guernica, La Puerta del Sol, la adorable Estación de Atocha (aunque me gustó más de la Valencia, la Station du Nord), los trenes de cercanías, la ancestral Toledo a pocos minutos, y podríamos seguir, incluyendo los bocadillos de calamar con alioli. El Bernabeu, la Casa de las Américas. Y el Prado. Las meninas y mi favorito, El perro semihundido en la arena, de Goya. Tierra de majas (vestidas y desnudas), tierra de cariño, tierra que volví a visitar un año después y tierra que espero visitar nuevamente antes de morir, con mi familia, feliz, con ojos cansados pero ávidos. Ala, Madrid.

3 . Cusco, 1996, 2000, 2002, 2003, 2007
Cada una de las 5 veces que he visitado a Cusco lo he pasado genial, más allá de un ataque de altura (2003) en la que unas amigas literalmente me salvaron la vida en las oscuras alturas de Písac. Fuera de eso, he pasado por un viaje de promoción, la celebración del nuevo milenio en Sacsayhuaman, un viaje de trabajo para escribir sobre el deterioro de Aguas Calientes, un 28 de julio solo y acompañado a la vez, y un fin de semana de relax para vencer los miedos por el ataque previo (ja-ja). Siempre estuve rodeado de amigos queridos o que luego quise. Por encima de las ruinas de Machu Picchu, a las que solo fui mi primera vez, mi sitio preferido y al único al que he regresado todas las veces a sentarme una tarde entera por lo menos es San Blas, en esa vieja banca verde que da a la cascada y desde la que, volteando un poco la cabeza, puedes ver la torre de la Iglesia. Nunca, creo, he sido más feliz que leyendo o simplemente viendo el cielo azul en esa banca de San Blas en completa soledad. Si le sumamos a eso la mítica Plaza, el estadio Garcilazo, el Cristo y todas las ruinas fantásticas, el Muki, el Mamáfrica y Los Perros, debo escribir que no hay ciudad como nuestro querido Cusco.

4. París, 2002
Tenía que estar la Ciudad Luz. Si bien fui con expectativas que fueron llenadas por Roma, París sencillamente me fascinó. Fui en una época del año no muy amable climáticamente, en febrero, con 0 grados de temperatura, fuertes vientos y lluvia, y de la semana que estuve por ahí -tiempo cortísimo para ver una ciudad con tantas cosas- solo salieron dos días de semi-sol. Igual, fui feliz con mi paraguas paseando por sus calles, por el Barrio Latino del que tanto había leído, visitando la tumba de Vallejo donde encontré el carnet de un alumno de la San Marcos que lo había dejado en una rendija (lo dejé ahí, por supuesto), y un ejemplar de Rayuela destrozado por la lluvia en la lápida de Cortázar, a unos pocos metros de ahí. Comí pato que me hizo un amigo de mi padre, tome vino mezclado con champagne, además de crepes, fui dos veces al Louvre gratis con mi carnet de periodista, hice el recorrido por el Sena en bote y estuve a la mitad de la Torre Eiffel justo en el momento de la tarde en el que prendían las luces. ¡Y Van Gogh! ¡Y Dalí! Me gustó mas el D'Orsay que el Louvre, aunque me perdí el Pompidou. Momentos mágicos. Y juerga parisina cara pero valiosa. Y una ciudad espídica donde no te contestan si les hablas en inglés y donde solo aprendí a pedir croissant en una panadería. Grupos peruanos en ese laberinto que es el metro y un partido de Francia donde marcó un gol Emmanuel Petit, este último mi segundo apellido. Sentir que 100.000 personas coreaban el apellido por el que la mayoría de mis amigos me conoce fue algo surreal. Ahí lo dejo.

4. Tumbes, ya no recuerdo qué años
Tengo la suerte de que mi padre sea íntimo amigo del dueño y fundador del Hotel Punta Sal. Por eso, hemos tenido, mi familia y yo, la suerte, gracias al desprendimiento de mi tío, de ser invitados varias veces a esa ciudad en la que el mar está disponible para mimarte cada vez que quieras y donde el sol no es abrasador, sino abrazador. Fui de chico, a celebrar los cumpleaños de mi tío, que armaba fiestas de disfraces y de juegos con sus amigotes (15 de noviembre); fui luego a pasar un año nuevo con la familia entera y fue, creo, mi primera borrachera con ron, a los 15 años (sí, ya sé, muy tarde). Siempre hospedados por el cariño de nuestros anfitriones, que nos cedían su propia casa frente al mar para pasar aquellos días. Luego volví hace poco, hacia 2007, para celebrar el cumpleaños de mi padre y me di una vuelta por Máncora, solo para comprobar que prefiero la afabilidad familiar de Punta Sal que la juerga imparable del pueblo piurano. Una deuda pendiente: montar caballo por la orilla del mar, en esos kilómetros que se extienden por la costa tumbecina, a veces sin nada alrededor. Volver a recoger conchitas del mar como joyas invaluables, y leer a Murakami literalmente en la orilla, como el título de su libro. Y a Melville, con su Bartleby. Viajes, asociaciones con comida, libros, películas (me di maña para ver Atrapado sin salida, el mayor contraste entre lugar y ubicación imaginable). Tumbes, con su calor, siempre nos estará esperando. A todos, peruanos y extranjeros. Tengo la intención de crear un vínculo similar con Piura, más allá de Máncora. Es una deuda pendiente.

5. Buenos Aires, 2004, 2006
Pude ver a Les Luthiers en el Gran Rex, aunque mi ya conocida claustrofobia me hizo salir antes de que acabara el espectáculo. Pude pasear por Puerto Madero, comer delicioso (aunque no podría vivir allí, Buenos Aires creo que es para visitarla, nada más, al igual que París), y comprar libros y discos como loco. Pude tomarme una cervecita en el Café Tortoni, imaginandome que estaba en los años 20, y pude también salir de juerga durante toda la noche, de 8 a 8, visitando cada lugar que se me ponía enfrente. Fui la breve atracción de una despedida de solteras, que querían "que el peruano nos baile", y conversé brevemente con la modelo, convertida en barwoman, del video de Pedro Suárez de "Me estoy enamorando". Le pregunté si le gustaba esa música y me dijo que ni hablar, pero que le pagaron bien. Pude estar horas en El Ateneo, y caminar por Florida, y me di el gustazo de cantar por mi celular hasta Lima con un gran amigo aquella canción de Calamaro que dice "Pueyrredón y Santa Fe, por qué vereda camina usted", en la esquina exacta. No vi fútbol, no vi tango, pero sí San Telmo, y el Parque Lezama de mi Sobre héroes y tumbas querido. La Boca, el Río de la Plata, en fin... Fui feliz en ambas visitas. Y eso basta.

--
BONUS TRACK
EN LA AGENDA: CIUDADES PENDIENTES
1) Barcelona: por tonto, estando a un paso, no pude ir. Mi gran falla de mis dos viajes a Europa.
2)El Cairo: morir sin visitar Egipto debería ser un pecado mortal para cualquier religión. Algún día lo haré.
3)Estambul: el infierno turco sería para mí un sueño de paraíso.
4)India, todo India: desde que lei India, de Naipaul, quedé fascinado. Tengo que visitarla, no puedo dejar de ver el Taj Mahal y ver sus atribuladas calles.
5)Nueva York - Río de Janeiro, empate: la única ciudad gringa que de verdad me quita el sueño (la otra podría ser San Francisco) y Río, el contraste, las playas, el pan de azúcar y la alegría carioca.

domingo, 4 de abril de 2010

Escuela de Calor

Se acabó la Semana Santa y, a pesar del brillante sol que sigue saliendo día a día y del calor, para muchos la temporada de verano ha llegado a su fin. Y este el momento en el que retomo quizá el espíritu primordial del blog para compartir una lista un poco más íntima, al menos más que gustos musicales o placeres culposos televisivos. Se acaba el verano y con nostalgia debo decir que me apena. Adoro el verano. Por eso aquí mis 3 veranos favoritos y los 2 que aún me gustaría vivir, sea en la realidad o en la imaginación, lo que llegue primero. Anímense a comentar los suyos, pasados o futuros. ¿Qué veranos llevan dentro con una gran sonrisa y recordarán siempre? ¿Qué veranos les gustaría vivir, en donde o con quién? Aquí va mi lista, perdonen la nostalgia.

INTRO - HACE CALOR



1.- Totoritas, Km 86 Panamericana Sur, 1983/84/85
Es la playa a la que voy desde que nací, incluso desde antes, cuando mi madre estaba embarazada e iba de visita a la casa de unos amigos, antes de construir la nuestra, allá por 1979. No recuerdo mucho mis épocas de niño, pero quizá uno de los primeras cosas que vienen a mi mente son esas tardes en una Totoritas casi sin casas, con parques pelados, lejos del verdor que ahora lucen, donde un puñado de 30 ó 40 casas daban una vida única a una playa absolutamente distinta a lo que vendría luego, con el boom “Eisha” (acaso un espíritu similar guarden Las Palmas, o quizá Bujama). Esos tiempos en los que me quedaba con mi madre los 3 meses del verano de corrido, mientras mi papá iba a trabajar. Que jugaba como pato en el agua durante las mañanas y antes de la puesta de sol caminaba con mi madre, la recuerdo preciosa en una salida de baño blanca muy hippie –quién lo diría ahora-, a la hora precisa para estar en la playa en el mejor momento del día, cuando el sol baja, la arena es cálida como un abrazo en los pies y el viento te acaricia las mejillas de tres o cuatro años. Mis recuerdos se confunden con veranos que vinieron luego, los baños de 8 ó 10 ó 12 años a las 6 pm con el agua hasta el cuello en un mar manso y cálido, las amigas que hice, tan valiosas hasta hoy, los amigos que mañana mismo me acompañarán si se los pido, que iban desde Lima para jugar al tenis, al fútbol o –sí, claro que sí- para cazar lagartijas o tan solo montar bicicleta. Nunca tuve un grupo oriundo de Totoritas, y eso, como es lógico, puede entristecer a un pequeño entre 4 y 12 años, pero vaya que son inolvidables esos veranos que ahora quiero resumir, como un símbolo, en aquellos 1983-84-85, cuando desde mi terraza se veían la carretera y los cerros, por la falta de casas que los taparan, como sucede ahora con el boom urbanizador. Mejor(es) verano(s)… imposible.

2 . Málaga, España, 2002 -2003/ Marbella 2003
Es curioso, uno de los mejores veranos que pasé fue para mí un invierno. Cuando ya el sol empezaba a abrasar mi querida Lima partí a comienzos de enero a un intercambio a España, a la Universidad de Málaga, donde ciertamente aproveché más lo turístico que lo académico (y conocí a mis parientes españoles, de paso). Estando allá, mientras mis padres me saludaban desde una cabina de Internet en la Plaza de Mala, y se veía el sol ingente detrás de ellos, yo me moría de frío, en un febrero inclemente en cuanta ciudad visité. Es cierto que Málaga, mi ciudad base, tiene un invierno benevolente, lleno de sol durante el día, uno que otro chaparrón aparte, por lo que tampoco sufrí mucho. La pasé genial, conocí gente espectacular y al año siguiente, 2003, regresé a aquella ciudad, parecida a una Miraflores con cerros y ruinas, para la Semana Santa, una de las mejores experiencias de mi vida. Ahí, ya en primavera, pude disfrutar un poco del mar Mediterráneo, bañarme en sus costas rodeado de mujeres en topless y barrigones sin vergüenza alguna, y hasta logré darme una escapada a Marbella donde pude observar cómo empezaba el verano a armarse desde abril, con jeques árabes que conducían Ferraris en tierra y yates de lujo en el mar. No hay nada como leer un buen libro frente al Mediterráneo, no sé cómo explicarlo. La falta de olas… quizá. No he vuelto desde entonces. Sigue siendo una deuda pendiente desde hace 7 años.

3 . Universidad Católica, 1998.
Sí, aunque parezca ridículo, uno de mis mejores veranos lo recuerdo claramente en los patios de Letras de la PUCP. No en San Bartolo, ni en idas eventuales a Santa María ni en las primeras juergas en Ibiza y luego en Asia. Ese verano me vi obligado a llevar cursos para no atrasarme tanto luego de mi cambio de Ciencias a Letras. Acababa de hacer amigos que hasta ahora conservo y cuya amistad sirve perfectamente para retratar lo más importante de mí y definir mi relación con el mundo. Algunos llevábamos cursos juntos, otro iban simplemente a pasar el rato, a jugar fútbol cuando saliéramos los que estábamos en clases, a almorzar juntos, a jugar voley, a irnos a la playa luego, a comernos un cevichito o a tomarnos unas chelas en el Hueco Verde o en el Elo’s. Ese verano nos juntábamos en el “cooler” y sacábamos los libros para estudiar, pero también los naipes –el Ocho Loco era de rigor- o el tablero de ajedrez prestado del CF, o simplemente conversar de lo que sea. Del Mundial que se venía, de Fujimori, de Clinton, de Cuba y por qué algunos estábamos en contra y otros a favor, de eso o de lo que fuera. Verano sin mucha arena y sol, ni mar ni azul, pero sí con la paloma coja dando vueltas, estudios que luego sirvieron más para afianzar amistades que para hacernos eruditos, y amistad por sobre todo. Y bromas, y risas y amistad otra vez. Sí, es uno de mis mejores veranos, aquel entre las paredes de la Católica, en esa rotonda, sentado y escuchando cómo mis amigas cantaban a la tarada de Fey. Azúcar Amargo, era la canción. Dulce y amargo es el recuerdo nostálgico que ahora tengo. Más dulce, por supuesto. Salud.

BONUS TRACKS: EN BUSCA DEL VERANO PERFECTO

4. Una playa paradisíaca, solo, sin gente alrededor
En un bungalow frente al mar, en una orilla desierta, o al menos casi sin gente, puede ser al norte del Perú, como en una isla tropical como en alguna playa perdida de Tailandia, una a la que no haya llegado el turismo. Con suficiente acercamiento a la civilización como para tener una laptop para escribir lo que se me ocurra, unos buenos libros para hincarles el diente, suficiente cerveza y vodka (y jugo de tomate para el Bloody Mary) como para no tener que ir a ninguna tienda o pueblo a comprar si hiciera falta, en soledad, mirando al mar todas las tardes, viendo cómo un sol del tamaño de una gran naranja se hunde en las aguas. Sí, puede ser un poco idílico y bastante aburrido, pero me gustaría pasar al menos un verano así. O al menos un mes o un par de semanas si no es la temporada completa. Es un sueño que aún no cumplo porque siempre que he tomado vacaciones para algo similar –para ir a Punta Sal o a Máncora, por ejemplo- lo he hecho acompañado y en otro plan, y por poco tiempo. No pido mucho, esencialmente tranquilidad y comunión con la naturaleza. Hay gente a la que no le gusta la playa y pueden soñar con un verano en alguna región no muy calurosa, lejos de la arena. Si hay alguien por ahí que así lo piensa, por favor coméntelo. Yo, por mi parte, quiero mi verano en soledad frente al mar.

5. Totoritas, en familia, algunos, quizá muchos, años en el futuro
Díganme sentimental, pero en verdad me gustaría pasar un verano, con idas y venidas al trabajo o a la ciudad, no importa, pero que pueda recordar o llevarme conmigo a donde tenga que llevármelo con la imagen de una esposa feliz, mis padres aún vigorosos y playeros y, sí, tengo que decirlo, rodeado de nietos que corretean por la arena o por la terraza o por el parque donde yo aprendí a montar bicicleta y me hice añicos las rodillas. Jugar fútbol con ellos, leerles cuentos, jugar a las cartas con mis padres y mi mujer y tomar unos buenos vinos luego de una sabrosa parrilla con mis hijos y sus respectivas parejas mientras los pequeños duermen quizá en la cama donde yo dormía. No sé si este sueño se pueda realizar, porque no depende de mí del todo, pero no pierdo nada soñándolo. Las cosas que uno más quisiera vivir a veces no están lejos de casa, en viajes por Egipto o India e incluso la Luna. Los momentos que uno quiere vivir antes de partir a veces uno quisiera que transcurran en los lugares más familiares, más visitados, más conocidos, con menos sorpresas, pero no por eso faltos de intensidad, amor y esa cuota de deseabilidad que todo sueño debe tener para calificar como sueño.