martes, 25 de octubre de 2011

¡En guardia! Espadas x 5

Antes de que misiles teledirigidos, sofisticadas armas de fuego y tanques y aviones determinaran el destino de las guerras, la espada era el arma por excelencia, una vez que el hombre dejara los palos y conociera el manejo del metal. Durante siglos, hasta hace relativamente poco, las espadas –quizá junto con el arco y la flecha- fueron el principal artefacto para enfrentar las guerras. Y no solo eso, las disputas. Los duelos eran, antes que a pistolazos, definidos por la habilidad del espadachín, una habilidad distinta de la del buen tirador, con una performance necesaria más grácil y elegante, más exquisita, y que, por cierto, podía traer incluso una muerte más dolorosa –aunque no por ello menos sublime- que un balazo o un garrotazo en la cabeza. En esta lista hablaré de las espadas que han marcado mi imaginario, mi educación existencial-sentimental (en el Bonus Track hablo un poco, con Internet e investigación en mano, de las espadas históricas famosas), que son más reales en la ficción, quizá, que en la realidad. Han quedado fuera de la selección algunas espadas legendarias también, como la que manejaba el Zorro con tanta destreza, y que la prefería antes que el revólver, o las espadas de Los Tres Mosqueteros, cuya habilidad y gallardía los hicieron famosos más que por sus mosquetes por sus armas blancas. En un punto intermedio se encuentra, claro, la espada de Damocles, salida de la leyenda (más que mitología) griega, donde el cortesano Damocles disfruta los placeres de un rey pero, de pronto, se da cuenta que pende sobre su cabeza una filuda espada sostenida únicamente por un pelo de crin de caballo, con lo que renunció a sus beneficios inmediatamente, anécdota que ejemplifica, de alguna manera, la inseguridad de quienes ostentan un gran poder y pueden perderlo de un momento a otro, como Damocles con la espada sobre él. Pasemos a la lista y si me ayudan a enriquecerla, tanto mejor…




1. Las espadas láser de Star Wars

Marcaron toda una generación, incluso la actual, con las secuelas de la trilogía original de Star Wars. Obi-wan Kenobi, el maestro Jedi del protagonista Luke Skywalker, le decía que era “un arma más elegante, digna de otros tiempos” (cito de memoria). Elegante sí, pero letal y perfecta. Luz y poder que emergen de un mango metálico. ¿Qué niño que haya sido fan de Star Wars no soñó alguna vez con tener su propia espada láser (de color rojo, como la de Darth Vader, quizá), y, en sus juegos, imitó con su propia voz y sin rubor alguno aquel sonido como de ráfaga que indicaba el despliegue de aquella luz cortante e inimitable? Incluso en estos tiempos de Playstations, 3D y nuevas tecnologías, los tan de moda iPhones tienen aplicaciones del mundo Star Wars donde puedes mover tu teléfono como si fuera el mango de una espada láser y escuchar esos míticos chasquidos de una luz contra la otra. Como en esas luchas entre Luke y Vader, entre Obi Wan y cualquier Sith que se le pusiera enfrente.
Luke, cuando Obi-Wan le da la espada de su padre.


2. La espada del augurio

Salida también de la ficción, específicamente de los dibujos animados, la espada de Leon-Oh, el líder de los Thundercats, que lleva el poderoso Ojo de Thundera en su empuñadura, marcó también mi infancia. Y es que era una espada que hacía muchas cosas. Era pocas veces usada por su “amo” como espada, en realidad: casi nunca atacaba a nadie ni se agarraba a espadazos con sus enemigos pues ellos no usaban espadas, y sin embargo las funciones de su espada eran alucinantes para los niños que veíamos The Thundercats: podía “ver más allá de los evidente”, es decir, el futuro, poniendo sus ojos sobre la empuñadura; y por supuesto podía pedir auxilio a sus compañeros con el famoso “Thunder, thunder, thundercats oooh”, que hacía que la espada, que era casi una daga, creciera y proyectara sobre el cielo, a manera de batiseñal, el símbolo de los felinos cósmicos. El Ojo de Thundera también tenía poderes, lanzaba rayos, me parece, y contenía los ataques de Mum-Rha. En resumen: era cojonuda. Por supuesto que tuve mi propia "espada del augurio" de plástico y, luego, los muñecos de los Thundercats, cómo no.

Leon-Oh, el líder de los Thundercats.

3. Los sables de Hattori Hanzo
Uma Thurman y su espada H.Hanzo.
Esto es algo más reciente: los dos volúmenes de Kill Bill de Quentin Tarantino. Durante ambas películas se nos hace ver que los sables de Hattori Hanzo son “invaluables”, como dice el propio Bill, o que pueden ser cambiado por un millón de dólares, tan fácil como eso. Uma Thurman como la protagonista, La Novia, o la Mamba Negra, viaja hasta Okinawa, en Japón para que Hattori Hanzo rompa su juramento de 28 años de no volver a hacer una espada para poder usarla contra Bill. Hanzo es claro: “creé belleza y tuve éxito, pero creé algo que mata gente” (cito nuevamente de memoria). El calificativo de leyenda hacia las espadas de Hattori Hanzo va creciendo con la película. En la acción, vemos cómo rebana brazos, cráneos y otras espadas como si fueran mantequilla, e incluso termina con la vida de una de las enemigas principales, O-Ren Ishii (Lucy Liu), cortándole la parte superior de la cabeza, quien antes de morir tiene tiempo para decir: “Esa sí era una espada de Hattori Hanzo”. Un clásico del cine del siglo XXI y una espada –o espadas- que se une a las legendarias de mi parnaso personal.
Excalibur saliendo del lago.
4. Excalibur y el Rey Arturo
Desde chico me gustaba la leyenda del Rey Arturo y su Mesa Redonda, de la espada Excalibur y del Mago Merlín. De cómo Arturo se convertía en rey al sacar, a los 16 años, una espada atrapada en mármol que respetables caballeros que aspiraban al trono no podían mover ni un milímetro. Pero a diferencia de lo que pueda pensarse, esa espada inicial no es la famosa Excalibur: esa espada, en su reinado y en medio de una batalla, es perdida por Arturo, quien le pide un reemplazo a su amigo, el Mago Merlín. Este lo lleva a donde la llamada “Dama del Lago”, quien le regala la poderosa  Excalibur, cuya vaina era mágica. Merlín le advierte a Arturo: “Guardad bien esta vaina puesto que mientras la llevéis no perderéis nada de sangre, pero un día llegará una mujer en la que confiáis y os la robará”. Finalmente, fue Morgana, hermana de Arturo, quien molesta por un matrimonio impuesto, le roba la vaina y la lanza al mar. Sobra decir que de niño también veía los dibujos del Rey Arturo y cómo este vencía a sus rivales con la gran Excalibur.
Aragorn y Andúril (antes Nársil).
5. Narsil, la espada que derrotó a Sauron
Qué puedo decir, me encanta Tolkien y El señor de los anillos: en películas y en libros. Y en esta historia una de las principales protagonistas es Narsil, la espada que blande Isildur para derrotar a Sauron, el gran enemigo de la Tierra Media. En la historia de Tolkien  existe toda una mitología alrededor de la espada, sus restos, a quién fue heredada y cómo resurge, una historia contada a lo largo de los siglos y que va a la perfección con ese toque de Tolkien de poner mucho énfasis en el linaje de sus protagonistas. Narsil fue empuñada por Elendil el Alto, rey de Arnor y Góndor tras la caída de Númenor en la Guerra de la Última Alianza contra los ejércitos de Sauron. Cuando todo parece indicar que los humanos (y elfos) serán derrotados, Elendil ataca a Sauron y termina muerto, con Narsil rota por su propio peso al caer. Es ahí cuando Isildur, su hijo, toma la hoja de la empuñadura y, con Sauron desprevenido, le corta con ella el dedo donde este llevaba el tan famoso Anillo Único (el que Frodo intenta destruir siglos después). Luego de rota, los trozos de Narsil van a parar a Rivendel, la tierra de los elfos, donde es vuelta a forjar para ser entregada a Aragorn, heredero de Elendil e Isildur, lo que puede ser visto en las películas de Peter Jackson. Aragorn termina la tarea y usa la espada, que cambia de nombre a Andúril luego de reparada, para la última lucha contra el señor oscuro. Esta historia es, además, una en la que las espadas, hachas y flechas tienen mucho protagonismo, donde las luchas cuerpo a cuerpo, metal contra metal son un personaje más, por lo que no resulta extraño el peso argumental que recibe esta espada. Y me gusta también por un simple motivo: es un espadón, que en la película exageran al máximo, siendo mucho más “alta” que el propio Aragorn.
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BONUS TRACK

Espadas históricas
Fuera de las espadas que captaron mi atención de niño a adulto a través de referencias como la literatura, el cine o la televisión, también están aquellas famosas espadas que existieron en la realidad, o al menos en la leyenda sin comprobar, algunas de las cuales están incluso en museos. De estas, la que más me gusta, porque la conocí a través del cine, es la del escocés William Wallace, cuya historia contó Mel Gibson en “Braveheart”. Wallace es un mítico líder escocés que se opuso al dominio de Inglaterra allá por fines del siglo XIII y comienzos del XIV. Es conocida también su muerte a manos del rey Eduardo I, su desmembramiento y, claro, la inspiración que su coraje produjo en los escoceses. La escena final de la película es la espada de Wallace lanzada al aire hasta que cae clavada en las tierras escocesas. Hoy, esta espada está en el Museo Nacional en Stirling, Escocia: mide 132 centímetros y pesa casi tres kilos. La historia cuenta que el rey Jacobo IV de Escocia pagó 26 chelines por recuperar la espada de Wallace, que estaba a manos de ingleses. Otras espadas históricas son, sin duda, las del Cid campeador, como la espada Tizona, que se encuentra en Burgos, y la espada Colada. Incluso, según pude encontrar en Internet, porque no lo conocía, hay una espada peruana famosa, conocida simplemente como La espada del Perú, fabricada en Lima en 1825 y regalada por el municipio a Simón Bolívar como agradecimiento por las batallas de Junín y Ayacucho, que significaron la independencia final frente a España. Es una espada de oro macizo de 18 quilates, con piedras preciosas y dibujos, entre ellos el escudo de armas del Perú. Están también el sable de San Martín, la espada de Napoleón, y varias espadas venidas del oriente, como la famosa Honjo Masamune, hecha por un forjador del mismo nombre, Masamune, una especie de Hattori Hanzo del siglo XII.